
EL BORDADO DE PUNTO DE CRUZ
Cuando yo era niña y estudiaba cuarto grado en el Colegio María Auxiliadora de Los Teques, entre las muchas actividades que teníamos, había una que yo consideraba muy difícil: las labores. Esta clase la teníamos a primera hora de la tarde, y en ella aprendíamos a bordar. Cada año, a medida que crecíamos los bordados eran más complicados.Ese año debíamos preparar un muestrario de bordados: del más simple al más elaborado. Esta labor, luego de lavarla y plancharla muy bien, se exhibiría a fin de año para mostrar nuestras habilidades.Luego de realizar varios puntos diferentes, a la mitad del pañito debíamos bordar en punto de cruz, los números y dos abecedarios en punto de cruz; uno en minúsculas y otro en mayúsculas. Yo había logrado hacer los números con la ayuda de una compañerita que lo hacía muy bien, y también las letras mínúsculas hasta la letra "g". Pero sucedió, que la monja siempre nos llamaba los viernes a preguntarnos lo que habíamos bordado en la semana, y de acuerdo al esfuerzo, nos ponía buena o mala nota. Entonces Sor Isabel, la profesora de Labores, cuando me llamó y vio mi trabajo, se dio cuenta de que yo no había avanzado nada, pues mi bordado era el mismo de la semana anterior, y peor aún, tenía la tela sucia de tanto desbaratar el bordado, porque el arte del punto de cruz consistía en que tenía que ser cruzado por delante y vertical por detrás. Y como yo lo enredaba todo en la parte posterior, por eso me lo hacían desbaratar. En vista de mi terrible trabajo, la monja me dijo muy molesta:-Mymi, usted se queda hasta que haga la letra "g" como se debe, y no se irá para su casa hasta que lo haya conseguido.Ante tal castigo, yo estallé en llanto, mientras veía salir victoriosas a las otras niñas que sí habían hecho bien su bordado, y me miraban, unas compasiva y otras burlonamente. Entonces, al quedarme sola, continué llorando hasta que me cansé. Luego, comencé a curiosear el salón donde me encontraba, que no era otro que el escenario donde representaban las funciones de teatro del colegio. Observé las cortinas, los trajes, me cansé también y me fastidié, sentándome, después de dar muchas vueltas en el banco y le pedí a Dios que me ayudara a solucionar lo del bordado. Pasó un rato y de pronto sentí que se me prendía un bombillito en la cabeza, iluminándome.Entonces volví al tomar el muestrario, interesándome en conocer cómo era el punto de cruz. Ensarté la aguja con la sedalina roja y decidí intentar ver cuál era el misterio del punto de cruz. Sí, estaba decidida a estudiar cuál sería la ruta correcta de la aguja; así que hice una puntada y me equivoqué, pero lejos de enojarme, dije de muy buen humor:-Agujita, agujita, esa no es tu rutica, vamos a devolvernos por donde vinimos. Tomemos entonces otro camino.Y Nuevamente metí la aguja, pero esta vez la puntada salió perfecta. Todo resultó muy fácil. Me entusiasmé y continué, continué sin parar hasta terminar ¡Todo el abecedario en minúsculas! Y sucedió que fue tanta mi alegría que ¡Bordé también la mitad del abecedario en mayúsculas! Yo estaba tan distraída con mi labor, que no me di cuenta que Sor Isabel estaba detrás de mi. De pronto volteé y vi cómo me miraba admirada con los ojos pelados como dos huevos fritos.-¡Mymi, mira lo que has avanzado por estudiar! Te felicito, niña por el esfuerzo.Esa semana saqué 20 en Labores, y al finalizar el año escolar, no solamente exhibí mi muestrario, sino también un lindo mantelito con sus servilletas ¡Bordados en punto de cruz!Y colorín colorado, estudiando mucho terminé el bordado.
Tía Mymi

MANOJOTA, UN AMIGO MUY ESPECIAL
Hacen ya muchos años, cuando yo era una niña, vivía en El Pueblo un señor a quienes todos los niños de mi cuadra queríamos también mucho. Era un señor mayor, un poco gordo y canoso, pariente de papá. Algo así, como un tío lejano. Casi siempre vestía de color marrón y usaba sombrero. Tenía muy buen humor, y cada vez que nos veía jugar a los chicos de la cuadra, nos saludaba con mucho cariño y nos preguntaba cómo había estado la tarea. Y siempre pasaba por la acera, pues vivía cerca.Un día se le ocurrió llevarnos a comprar caramelos y chocolates a un abasto cercano a nuestra casa. Y sucedió, que de allí en adelante, cuando alguno de nosotros lo venía venir por la esquina, gritaba, alertando al resto del grupo:-Ahí viene Manojota!Entonces nosotros corríamos a su encuentro, seguros de que siempre nos regalaría algún dulce. Y sucedió que siempre fue así, sólo que cuando tenía poca plata, nos fijaba una cantidad a cada uno, y teníamos que ajustarnos a la suma determinada por Manojota; pero cuando guardaba silencio, llegábamos a la conclusión de que no teníamos límites en la adqusición de golosinas.Un día Manojota no pasó por nuestra calle, y tampoco lo vimos al día siguiente, ni al otro.Entonces de verdad nos preocupamos, pero no por los dulces, sino porque él era muy dulce también con nosotros. Entonces nos reunimos todos los vecinitos de la cuadra y, muy afligidos le preguntamos a mamá, por qué no habíamos vuelto a ver a Manojota.-Está enfermo, niños. El señor Herrera -que ese era su apellido- está en el hospital. Lo operaron del corazón esta semana. Pero no se preocupen que salió muy bien y pronto se ira para su casa.Entonces todos los niños nos pusimos de acuerdo para ir a visitarlo. Esta vez entre todos reunimos el dinero que teníamos en nuestras alcancías para comprarle a Manojota unas pantuflas por lo bueno y cariñoso que había sido con nosotros, y nos fuimos con mi papá a ña clinica. El se ofreció a llevarnos en la camioneta, pues éramos muchos.Cuando Manojota nos vió, se emocionó al vernos, pues no se imaginaba que nos habíamos enterado que estaba enfermo. Y sucedió que siempre, mientras estuvo convaleciendo de su operación, fuimos siempre a verlo y a contarle alguna historia. Además también le llevábamos algún regalito: un dibujo, un caramelo o una poesía, pues él se había convertido, además de nuestro amigo, en el abuelo del grupo.Y colorín, colorido, todos dimos gracias a Dios porque la enfermedad se había ido.
Tía Mymi
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